Ya basta, enough, adesso basta
¿En qué idioma te lo explico?
Anabel Vázquez Frontana
Hasta qué punto soportamos la indignación, a veces se necesita solo una voz para abrir la puerta a un grito de molestia, de hastío, de tener que vivir de la forma en que lo hemos hecho. Así, el movimiento de los indignados que comenzó en España y que se ha ido desarrollando con el famoso Occupy Wall Street del mes pasado en Nueva York, está despertando a cada vez más naciones.
Se sumaron a la primera movilización mundial de los indignados miles de activistas en sus respectivas naciones; estadounidenses, mexicanos, japoneses, italianos, chilenos, costarricenses, canadienses, austriacos, alemanes, ingleses, suizos, españoles, entre otros. Aunque cada manifestación tuvo el toque particular de las injusticias contra las que cientos de ciudadanos buscan un “cambio global”, la gran mayoría partieron del reclamo a las tan poco balanceadas oportunidades de desarrollo económico y social, y de la inicua gestión de los gobernantes a causa de la crisis económica europea.
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En el caso de México, uno de los más simples índices de desigualdad implicaría voltear la mirada y dirigirla a los gobernantes, y al “servicio público” que nos brindan. Este “servir” justamente a los ciudadanos se limita en muchos casos a unas despensas y electrodomésticos con la finalidad de ayudar, casualmente en periodos electorales. Por otro lado, lo “público” que desde su acepción más terrenal hace referencia a lo de “todos” invierte la balanza con sueldos y prestaciones ridículamente desiguales.
Como muchos se han preguntado yo pregunto hoy: ¿es posible que un diputado que gana mensualmente $69 mil más $50 mil por asistencias –entre otras prestaciones-, represente a un hombre, mujer o niño que vive en las calles y no tiene qué comer? Y bueno, tal vez los de mente más utilitarista pensarán que mi tono es un poco exagerado. Pero no lo es, no cuando en México, un país con más de 106 millones de habitantes, se tienen 52 millones en pobreza (Coneval 2008-2010). Ciertamente el trabajador es digno de su salario, pero la pregunta aquí es cuál es ese trabajo que se hace merecedor de tan excelsas retribuciones.
De igual forma, en otros países como Chile en donde irónicamente los jóvenes tienen que luchar por una educación gratuita que les corresponde por derecho; la disfuncionalidad económica del sistema tributario que aporta tan poco presupuesto a la educación, seguramente tendrá reservado su lugar en el “salón de la infamia” ciudadana.
En Europa, donde ahora el tema de las medidas de austeridad se debe tocar casi con pinzas, los indignados italianos manifestándose en las calles de Roma y cubiertos bajo el mar de carteles que gritaban: “una solución: revolución”, denunciaron las disposiciones del primer ministro Silvio Berlusconi. El problema de las injustas políticas bancarias, recortes públicos y desempleo enardecieron durante la movilización, y aunque desafortunadamente encapuchados mancharon la misión pacífica de esa manifestación, no debemos perder de vista que el problema sigue ahí.
Ciertamente la crisis Europea está golpeando con mano dura a muchos países pero la desigualdad y la inseguridad por la que luchan todos los activistas alrededor del mundo no es producto de la crisis que comenzó el año pasado. Ello se ha hecho más visible, sí, y al igual que el problema de que el gobierno no responde por los intereses de la mayoría sino de la minoría más poderosa, existe ya desde hace tiempo.
Entiendan, el capitalismo y cualquier otro modelo, para bien o para mal lo hacemos todos, no solo las élites, los poderosos y aquellos cuya dirección corporativa lleva un Wall Street impreso. Hoy muchos nos vemos afectados y solo unos cuantos son beneficiados, tenemos muy poca inclusión en las decisiones de la economía de nuestros países y al final somos los principales afectados. En qué idioma lo tenemos que decir para que se haga algo. Tomen nota, porque por unión ya somos políglotas.