domingo, 6 de noviembre de 2011

Editorial-Ojos de tinta


Pupilas amarillas

El sensacionalismo hoy parece ser algo tan ancestral que ha ocupado un lugar cotidiano en las sociedades alrededor el mundo. Las imágenes polémicas y grotescas que en la gran mayoría de los casos carecen de información clara y vital, son publicadas masivamente todos los días, encendiendo un foco rojo para las culturas que piden cada vez más ese tipo de información.

      Bien se diría que toda imagen que obliga a voltear la mirada podría ser indicador de sensacionalismo, porque afecta la sensibilidad del espectador. Hoy ejemplos como ése  centran la atención en semanarios similares a El Extra en Morelos, o en impresiones como La Prensa o El Gráfico, en el área metropolitana.

     Ciertamente los dueños de tales medios apelaran al principio periodístico de hacer sociable información de interés colectivo, y es verdad, el daño o peligro que sufre una sociedad a causa del narcotráfico es de gran trascendencia. Sin embargo, publicar fotografías que muestran gráfica y detalladamente las torturas provocadas por un sicario a su víctima no hace al hecho más importante o de mayor trascendencia humana.

     Por un lado el fotoperiodismo cuyo principal objetivo es notificar un hecho real mediante imágenes, rosa en el dilema de saber hasta qué punto se debe o no, tanto capturar como publicar fotos de cadáveres o de situaciones que expongan de manera explícita una catástrofe. Las imágenes de fotógrafos de guerra como James Natchwey o de Walter Astrada hablan por sí mismas; su material es en muchos casos desgarrador y hiere la sensibilidad de muchos que han mirado su trabajo.

     Se dice que una de las grandes funciones de capturar y publicar imágenes fuertemente impactantes implica mostrar alrededor del mundo lo que ocurre en lugares donde quizás no se ha puesto mucha atención o se necesita tomar acción urgentemente, además de que conllevan la cuestión de una revalorización de la vida humana. Porque ciertamente en el tiempo en que se vive, en donde la muerte se ha convertido en algo usual y muchas personas han perdido el interés por lo que sucede a su alrededor, se necesita algo que despierte a la sociedad de la apatía que cada vez más toma terreno en este mundo.

     Pero se sabe bien que la intención de semanarios como El Extra y otros similares, realmente no se apega a aquella filosofía. La corporatización de este tipo de medios impresos obedece en la mayoría de los casos al sensacionalismo, a satisfacer un morbo social y a la intención de vender cada vez más tirajes.

     Hay un principio general periodístico, el del respeto. Y es verdad, por muy cruel que haya sido una persona en su vida, y por mucho que se le haya odiado, como es el caso de Gadafi, nadie podrá negar su condición humana. Es de trascendencia colectiva saber que el dictador libio murió, pero observar los detalles gráficos de cómo su cuerpo sufrió antes de fallecer no. En ese sentido se debe conservar respeto hacia su memoria humana, y en segundo lugar hacia quienes podrían ser receptáculos de las crudas imágenes de su muerte.  

     Ver cómo un conductor de transporte público ojea El Extra mientras reclina su asiento y toma un descanso, claramente indica un problema potencial y creciente. Por qué alguien miraría ese tipo de fotografías para “relajarse”. Las fotografías de la cabeza de un hombre junto a su cuerpo ensangrentado son una publicación inapropiada que devela “información” cada vez más contraproducente. Esas publicaciones están haciendo cada vez más fácil, ver imágenes cada vez más crudas.

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